Ni hablar ni callarse: contenerse. Así es la democracia interna de Podemos

Ni hablar ni callarse: contenerse. Difícil encomienda la de Pablo Iglesias.

Las buenas intenciones de Iglesias no han evitado la purga que al anunciarse había colmado el vaso de la paciencia de muchos.

La democracia interna es fundamental para la supervivencia, puesto que de ella depende que el partido permanezca unido o se disgregue.

Ayer, Pablo Iglesias acusaba recibo a una simpatizante de Podemos, Teresa Torres Perales, de 76 años, de una carta en que dicha señora, recogiendo el estado de ánimo de muchos otros votantes de la nueva formación política, le reprochaba la falta de unión entre las principales cabezas visibles del partido y afirmaba que no comprende que “con tantos problemas que hay en el país” ellos estén “hablando de tonterías”.

Teresa declaraba sin ambages que Iglesias “es el líder indiscutible” y le transmitía su total confianza en él. “Pero si no te ayudan los demás y empieza a tirar cada uno por su lado, eso es una jaula de grillos. Que no. Esto es más serio”, decía en su misiva.

Y finalizaba con una invocación bien expresiva: “¿Vamos a echarlo todo a estropear por esta tontería de yo quiero estar en primera fila? Sed honestos, poned vuestro granito de arena”.

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La respuesta de Iglesias fue una sentida intervención en vídeo colgada de su cuenta de Twitter. Comenzaba pidiendo perdón en términos muy expresivos, pero todo era confusión en la ulterior declaración de principios que debería contener la pertinente rectificación: “os pido a todos los compañeros y compañeras que sois portavoces, y también a quienes sin serlo intervenís con regularidad en los medios, que os contengáis y que dejemos de hablar de nosotros mismos y de nuestras diferencias internas. Si los medios y las redes sociales siguen siendo el escenario donde intentamos lavar nuestros trapos sucios, destruiremos Podemos.

Algunos dirán que su libertad de decir lo que quieran en la televisión está por encima de cualquier cosa y por suerte, nadie en Podemos puede callar a nadie.

Pero esto no va de callarse, esto va de contenerse y de respetar a los que nos han traído hasta aquí, esos que no pueden ir a un plató ni tienen miles de seguidores en Twitter y que, como Teresa, sólo pueden lanzarnos un grito de indignación y de desesperación porque les estamos decepcionando”. Ni hablar ni callarse: contenerse. Difícil encomienda.

Pocas horas después de que Iglesias colgase su misiva en Internet, el grupo parlamentario de Podemos en la Asamblea de Madrid, de mayoría ‘pablista’, destituía como estaba previsto y acordado al ‘errejonista’ José Manuel López de la portavocía del grupo y ratificaba su sustitución por Lorena Ruiz-Huerta, del sector anticapitalista, la número dos del partido. Como se esperaba, la votación en el grupo fue ajustada; 14 votos a favor y 13 en contra. El secretario general e inductor del cambio, Ramón Espinar, no acudió a la reunión y votó telemáticamente. Está muy ocupado porque tiene tres cargos: secretario general de Podemos-Madrid, diputado autonómico y senador. Los estatutos limitan a dos los mandatos posibles.

En todo caso, las buenas intenciones de Iglesias no han evitado la purga que al anunciarse había colmado el vaso de la paciencia de muchos.

Lo que le ocurre a Podemos no es un problema de cómo discrepar sino que proviene de la discrepancia misma. Iglesias y Errejón tienen concepciones muy distintas de su organización, aunque ambos pretendan igualmente expulsar a los partidos viejos, formados por ‘la casta’, y ubicarse en su lugar a través de un gran movimiento popular y asambleario que asuma el poder, arramble con el viejo régimen y establezca otro nuevo.

En realidad, y como es bien conocido, Iglesias pretende ser la extrema izquierda -de ahí la unidad con Izquierda Unida a la sombra de Anguita- y moverse sobre todo fuera de las instituciones, en tanto Errejón quiere formalizar un movimiento transversal que llene de contenido los clásicos valores burgueses, pisoteados por regímenes democráticos de mediocre calidad, y para ello estaría dispuesto a entenderse con el PSOE para sustituir a la derecha en el poder, y jugar dentro de las actuales instituciones hasta que se logren otras nuevas.

En estas circunstancias, la democracia interna es fundamental para la supervivencia, puesto que de ella depende que el partido permanezca unido o se disgregue. Pero ese concepto, “democracia interna”, es polisémico y confuso.

Porque para Iglesias, que se sabe mayoritario, consiste en que todo el mundo acate las decisiones de la mayoría, se atenga escrupulosamente a ellas y ceda el paso a los mayoritarios en todas partes… a pesar de que, en las últimas votaciones, se ha visto que la ventaja de los ‘pablistas’ sobre los ‘errejonistas’ es muy escasa.

La verdadera democracia interna cuando se habla de partidos es otra cosa: las distintas corrientes tratan en todo momento de integrarse y se reparten amicalmente el pastel, los puestos de los órganos colectivos, los cargos de responsabilidad. Si en un partido con sensibilidades distintas la democracia consiste en imponer la voluntad de la mayoría y en expulsar a las minorías, la formación se quebrará irremediablemente.

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